El mensaje de identidad y otras curiosidades que Bad Bunny llevó al Super Bowl 2026
El Super Bowl es, desde hace años, un territorio donde la música dialoga con la identidad. En 2026, el encargado de llevar esa conversación a otro nivel fue Bad Bunny, quien durante casi catorce minutos convirtió el Halftime Show en una postal vibrante de Puerto Rico y, al mismo tiempo, en una declaración de unión continental.
Benito no apostó únicamente por un repertorio de éxitos; construyó una narrativa visual poderosa, cargada de símbolos culturales, memoria colectiva y guiños políticos. Cada transición fue pensada como si el estadio completo se transformara en un barrio vivo.
De la caña al asfalto

El arranque marcó el tono. El artista apareció atravesando una plantación de caña acompañado de campesinos con pava, evocando la figura del jíbaro y esa conexión profunda con la tierra que atraviesa su más reciente etapa creativa. El contraste llegó casi de inmediato cuando el paisaje rural dio paso al bullicio urbano: carritos de coco frío, piraguas, dominó en la acera, un salón improvisado de manicura y hasta un puesto de compra de oro.
Entre la multitud destacaron dos boxeadores reales: el puertorriqueño Xander Zayas y el mexicoestadounidense Emiliano Vargas, una referencia elegante a una de las rivalidades deportivas más legendarias del Caribe y Mesoamérica.
“La casita”, corazón del show


Uno de los momentos más celebrados fue la recreación de “La casita”, esa vivienda humilde de concreto que el cantante ha convertido en símbolo frente a la gentrificación. Allí desfilaron varias figuras del entretenimiento internacional, mientras la cámara recorría detalles cotidianos que cualquier latino reconocería al instante.
El vestuario del anfitrión tampoco fue casual. Llevó un jersey blanco con “Ocasio” en la espalda —apellido materno— y el número 64 en el pecho, cifra que ha desatado múltiples interpretaciones entre fanáticos e historiadores. La pieza, de líneas deportivas, contrastaba con la carga emotiva y familiar que transmitía.
Una boda latina en medio del mundo

La puesta en escena avanzó hacia una celebración nupcial que parecía salida de cualquier comunidad del Caribe: familiares de todas las edades en la pista, la torta, abrazos, baile sin protocolo y hasta el niño rendido sobre varias sillas. La fiesta sirvió de marco para la aparición de Lady Gaga, quien se sumó a la narrativa tropical con una interpretación en clave salsera antes de compartir pasos con el puertorriqueño.

Más adelante, las fachadas de fruterías y barberías recrearon el espíritu de “Nuevayol”, homenaje directo a la diáspora boricua. En ese trayecto, Benito saludó a María Antonia Cay, histórica dueña de Toñita’s, institución cultural para los migrantes en Nueva York.
Mensajes más allá de la música

Hubo espacio para la ternura cuando el cantante entregó simbólicamente un Grammy a un niño en una sala familiar, acompañado de la frase: “Cree siempre en ti”. También para la denuncia, visible en los postes eléctricos chispeando durante “El apagón”, memoria de las fracturas de infraestructura tras el huracán María.

Las icónicas sillas plásticas blancas, la presencia de Ricky Martin y la bandera puertorriqueña en su versión de triángulo azul claro reforzaron la conversación sobre identidad y futuro político.
Un cierre continental

El desenlace fue una de las imágenes más potentes de la noche: decenas de banderas de América ondeando juntas mientras el estadio vibraba. Entre ellas, la de Honduras también tuvo presencia, un detalle que no pasó desapercibido para el público centroamericano y que subrayó el espíritu de fraternidad que atravesó toda la presentación.

Bad Bunny no solo ofreció entretenimiento. Construyó un manifiesto visual sobre pertenencia, migración, orgullo cultural y comunidad. En el evento deportivo más visto del planeta, el Caribe habló en voz alta —y el mundo escuchó.
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